Hoy en día se habla con frecuencia de la educación consciente… ¿Pero a qué nos referimos?, ¿Cómo podemos educar de una manera más consciente, respetuosa, natural y con apego?

Educar conscientemente es una práctica, un compromiso diario que implica aprender a darnos cuenta de lo que está sucediendo. Darse cuenta es entrar en  contacto con el aquí y ahora, con lo que uno es, siente y percibe. Y este proceso incluye llevar la atención hacia el exterior (lo que el niño piensa o hace, pero también lo que siente o necesita) y hacia el interior (lo que yo hago, pienso siento y necesito). Esta es la clave.

Los padres conscientes podemos cometer tantos errores como los demás, la diferencia es que somos capaces de enfrentarnos a los errores y preguntarnos. ¿Qué me dicen estos errores de los aspectos que debo madurar? Los hijos llegan a nuestra vida para brindarnos la oportunidad de crecer, por tanto, cada momento del proceso evolutivo nos sirve para despertar y tomar consciencia.

 

Si no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos, no sabremos lo que necesitamos, nuestra capacidad de percibirnos estará oscurecida, sesgada, y, por consiguiente, nuestra relación paternal se desarrollará desde este sesgo. Por ello, comprendernos, revisarnos y actualizarnos es un reto necesario para ser padres conscientes. De la misma manera, cuando no sepamos si hemos actuado bien, o cuando queramos tomar una decisión sobre cómo educarles, podemos mirar cómo nos sentimos. El pensamiento puede ser erróneo, o nuestra perspectiva un engaño, pero los sentimientos nos dirán si nuestra actuación es una manera de satisfacer nuestras necesidades que daña al otro o a la relación, si va en contra de nuestros propios valores. De esta forma, al aprender a mirar a nuestro interior nos daremos cuenta de si estamos educando o reaccionando ante nuestras propias necesidades no satisfechas.

La educación tradicional nos lleva a centramos sólo en lo que vemos del otro y lo que queremos cambiar, es decir, nos centramos en la conducta del niño y en qué hacer para que ésta cese, cambie o mejore. Desde esta perspectiva podemos usar varias opciones: podemos castigar, amenazar, manipular con premios o promesas, decirles a los niños insistentemente lo que deben hacer o porqué queremos que lo hagan, con promesas que parten de la persuasión e incluso el engaño. En el fondo sentimos que todo esto daña la conexión entre nosotros, porque sabemos que estas propuestas no se basan en una relación de apego, ni de confianza, ni de respeto mutuo. Pero aun así lo hacemos ¿Y para qué lo hacemos?

Todavía buscamos educar niños obedientes. Olvidamos que los niños obediente no piensan, no cuestionan ni se preguntan, no interrumpen, ni negocian, ni resuelven problemas… sólo hacen lo que se le manda. Olvidamos que al convencerles, les quitamos la capacidad de buscar sus valores y de confiar en su criterio. Al tratar de cambiarles, les robamos la capacidad de ser ellos mismos.

En cambio, si educamos conscientemente sabremos ir más allá de la conducta. Trataremos de conectar con sus sentimientos y con las necesidades que hay detrás y nos daremos cuenta de por qué el niño se comporta de una determinada manera. Los niños siempre tienen un motivo legítimo para hacer lo que hacen, aunque no siempre sean respetuosos con nosotros. Comprender lo que lleva a un niño a hacer lo que hizo no implica que no podamos poner límites. No obstante, si podemos conectar realmente con ellos y tomar consciencia de las necesidades que están tratando de satisfacer, podremos ayudarles a canalizar mejor lo que sienten, buscando juntos alternativas que satisfagan su necesidad sin hacerlo a costa de las nuestras.

No olvidemos que la mejor manera de tratar a un niño es pensar en cómo nos gustaría que nos tratasen. Sólo así podremos esperar que el niño nos trate con respeto. Si confiamos en ellos y los respetamos, ellos de una forma natural nos valorarán y valoraran a los demás. Al empatizar con ellos y ponerles límites desde el respeto, les será más fácil impedir que otra persona les falte el respeto.