Este artículo, continuación de “porqué SABER ELEGIR es importante (I)”, de nuevo trata sobre la importancia de SABER elegir, no de saber ELEGIR. En el artículo anterior, hablábamos de lo necesario, sino esencial, que es hacer partícipes a los más pequeños de la casa de las decisiones que les conciernen directamente, ampliando su abanico de ofertas más allá de las que nos resultan cómodas o coherentes.

La mayoría de las acciones salen mejor cuanto más se practica, y saber elegir no es una excepción. Ahora bien, ya dijimos que era un proceso, por lo que es necesario aprender de la práctica y los resultados para perfeccionarlo y poder desarrollar elecciones de manera correcta. Nuestro momento de empezar a elegir, o de aprender a hacerlo, debe de ser lo antes posible.

En ocasiones, sin saberlo o sin mala intención por parte de los progenitores, se potencian las elecciones pero se limita el campo de elección. Es decir, en la medida en que van dejando atrás la infancia para sumergirse en la adolescencia, los padres y madres permiten a sus hijos hacer sus propias elecciones acerca de la ropa, la música, e incluso los amigos. Sin embargo, mientras estos niños y niñas valoran, descartan y eligen en su mundo habitual, el centro escolar les impone lo que tienen que ir estudiando y aprendiendo. ¿Cómo  se  espera  que  un  niño/a  al  que  le  han impuesto toda la vida un itinerario curricular con actividades pautadas y horarios cerrados, sea capaz de elegir realmente lo que les gusta, si quizás no sepa de qué tratan las opciones de las que dispone? Es frecuente ver a adolescentes que han terminado el instituto enfocados a una educación superior sin saber exactamente en qué consiste de forma efectiva.

La restricción del sistema educativo actual predominante, que potencia la obediencia y huye del pensamiento creativo, hace que haya niños y niñas que pasen por su educación obligatoria sin una valoración clara de lo que han estudiado. No estamos apoyando aquí el manido pensamiento de que “a esa edad, no saben lo que quieren”. En absoluto. Normalmente, al finalizar esta etapa, la mayoría de los adolescentes tiene una idea, más o menos nítida, de a qué les gustaría dedicar su vida. Sin embargo, puede que las decisiones hubiesen sido diferentes si se hubiesen ampliado sus opciones de elección.

Hay muchísimos tipos de trabajo, un sinfín de maneras diferentes de ganarse la vida, y en el sistema educativo no tiende a informarse de la variedad. Además, el número de tipos de formación para elegir (carreras universitarias, formación de grado medio, superior, profesional, etc.) es mucho más limitado. Si a esto sumamos que muchas de las personas que tienen que elegirlos desconocen todo el número de formaciones disponibles, encontramos que las elecciones se están llevando a cabo desconociendo gran parte de las variables. ¿Podemos decir entonces que se está haciendo una buena elección? Siguiendo el razonamiento utilizado hasta ahora, no parece justo afirmar que los jóvenes toman sus decisiones de forma correcta, ya que desconocen todas las posibilidades de las que disponen.

Quizá haya que hacer un esfuerzo extra, ya que la sociedad normalmente no se centra en mostrar todas las opciones disponibles de desarrollarse en la vida. Puede que esto sea debido a que, como muchas otras cosas, se da por hecho que, a lo largo de la vida, se irán informando de las opciones. Y esto es completamente cierto, el único problema es que se tiende a conocer más el abanico de posibilidades cuando ya se ha dejado atrás toda la etapa de formación. Es decir, en ocasiones nos damos cuenta de cómo queremos vivir nuestra vida a una edad más adulta, cuando ya conocemos de manera más profunda el mundo laboral. Es posible que sea necesario dedicar una parte específica del tiempo a mostrar a las personas, desde el inicio de su educación, todo el abanico de opciones de vida que ofrece el mundo, para asegurar que toman sus decisiones de la forma más correcta posible, y que han sabido elegir.