El control sobre otros

Cuando los padres o educadores tratamos  de “controlar” a los niños, solemos  sentirnos frustrados porque el control que se consigue por la fuerza o la coerción, tiene un éxito temporal y parcial. Además es muy posible que la sensación de sentirse controlado provoque en el niño o bien rebeldía o bien sumisión, mezclada con sentimientos de impotencia, incomprensión e injusticia.

Conseguir “obediencia” por medio de la amenaza o el castigo  siempre empeora la calidad de la relación: por un lado los padres o educadores insistiendo en que los niños hagan lo que ellos quieren, lo que les parece correcto, o lo que corresponde a su punto de vista; y por el otro, ellos  mostrando una resistencia pasiva o confrontativa, haciendo las cosas a escondidas, o negándose a hacerlas. Surgen entonces las luchas de poder donde nunca hay ganadores, porque todos acabamos con un regusto amargo en la boca al saber que las dificultades podían haberse solucionado de manera más constructiva para ambos.

Asimismo, cuando se utilizan la culpa, el chantaje, la manipulación o el engaño como métodos coercitivos, se está dando un modelo de conducta que va en contra de los propios valores y creencias sobre cómo se debe educar a las personas. El modelo que reciben nuestros hijos no les ayuda a desarrollar competencias sociales, más bien al contrario, aprenden a persuadir a los otros de maneras que impiden la satisfacción de necesidades o que satisfacen las necesidades del niño a costa de las de los demás. Estas estrategias impiden al niño sentirse escuchado, comprendido, respetado y valorado `por lo que le resultará difícil ofrecerlo a los demás en situaciones conflictivas.

Si queremos ser coherentes con nosotros mismos, con nuestros valores y con lo que luego pedimos a los niños hemos de actuar como modelos y esto sólo es posible con una educación alternativa.

Alternativas

Como alternativa para la “obediencia” se puede cultivar la cooperación, el respeto mutuo, la inter-dependencia. Y como alternativa para la “culpa” y el “castigo” se puede cultivar la empatía, la aceptación y la compasión.

Los premios, la aprobación y la motivación extrínseca

La otra cara de la moneda al castigo, es el premio: la aprobación, el amor condicional o el refuerzo positivo. Este método de modificación de la conducta también tiene desventajas.

Al niño objeto del halago y aprobación, se le crea y refuerza la costumbre de buscar aprobación de otros, creando una autoestima dependiente. Además se debilita la motivación propia. Son muchos los estudios que afirman que los niños que son reforzados se muestran más dependientes del adulto y más inseguros (tienden a rectificar ante críticas u opiniones en contra de sus argumentos), asimismo cooperan y ayudan menos si han sido reforzados en el pasado (la motivación se desplaza al incentivo externo y cuando éste cesa disminuye también la cooperación), son menos creativos y persisten en menor medida en tareas difíciles sin refuerzos.

Nosotras evitamos el sistema de premios y castigos. Tampoco tenemos como objetivo “modificar la conducta del otro”. Creemos que el objetivo de la educación es crear y fortalecer un espíritu de conexión y  colaboración entre las personas y su entorno de modo que comiencen a movilizar los propios recursos para afrontar los retos diarios y crecer como personas. Por ello, nos basamos en herramientas y competencias que permitan educar en la libertad, la cooperación y la autonomía.

También creemos que los seres humanos venimos con un motor innato: ganas de aprender, de experimentar, de crear, de dar y recibir amor. A medida que nos condicionan (la familia, la escuela, la sociedad) nos vamos desconectando de este motor interno, y nos identificamos más con las motivaciones externas: dejamos de aprender por simple curiosidad y deseo de saber, actuamos no porque queramos construir un mundo mejor, sino para obtener aprobación social: una nota, un diploma,  una felicitación, reconocimiento o estatus.

Una desventaja de esta motivación extrínseca es que las personas no se sienten responsables de contribuir al bienestar común (si no consiguen una ganancia personal), y además, no se sienten capaces de ejercer una influencia sobre su entorno. En otras palabras, si no reciben muestras de aprobación y aprecio de otros, se desmotivan.

Cuando perdemos nuestra conexión con nosotros mismos, estamos perdiendo un gran potencial para satisfacer una de las necesidades humanas universales: la necesidad de sentirnos pertenecientes a un grupo, de ayudar y contribuir al bienestar de otros.

Alternativas: el aprecio

Una diferencia importante entre el “aprecio” o la gratitud, y el “premio”, es que éste último tiene la intención de manipular y controlar (reforzar una conducta deseada), mientras que el aprecio es la sincera gratitud por algo que la otra persona ha hecho que nos ha permitido satisfacer una necesidad, y por el simple hecho de ser. El aprecio no es un anzuelo para obtener más beneficios, y no dejamos de apreciar, cuando el otro no nos da más, lo que sí ocurre con el premio, ya que éste se retira porque la persona ya no lo merece.

El aprecio es uno de los pilares de las buenas relaciones. Sentir aprecio por nuestras vidas, por nosotros mismos y por las personas que nos rodean, nos ayuda a sentirnos felices, satisfechos y plenos, lo que nos fortalece y nos permite afrontar las dificultades del entorno. Asimismo, cuando expresamos aprecio por otros, particularmente en las relaciones de nuestro círculo íntimo, construimos una base sólida que nos sostiene en momentos emocionalmente difíciles.

¡Si quieres saber más sobre herramientas de educación alternativa al premio y al castigo consúltanos, estamos continuamente elaborando programas y campañas de sensibilización sobre este modelo educativo!