Hace algunas semanas, se aprobó por mayoría en el Congreso la tramitación de la reducción de la edad de votación de los 18 a los 16 años. Desde Dandelión, queremos aportar nuestra visión sobre este tema desde un punto de vista distinto: el del desarrollo.

Según la legislación española, en las elecciones podrán votar “todos los españoles mayores de edad inscritos en el Censo Electoral”. Tan sólo se establecen excepciones de voto, en las elecciones al Parlamento Europeo, en los casos de condenados a sentencia firme siempre que la misma declare expresamente la incapacidad para el ejercicio de sufragio y en los casos de internados en hospital psiquiátricos o incapacitados por sentencia judicial, siempre y cuando el juez haya declarado expresamente la prohibición del voto.

Es decir, los requisitos en nuestro país tan sólo vienen dados por una cuestión arbitraria como es la edad, y una administrativa, estar inscrito en el Censo Electoral. Sin embargo, el debate de fondo viene dado por la supuesta “preparación” que hay que tener a la hora de tomar una decisión que dé lugar a un voto. Desde el Consejo de la Juventud de España se apoya la reducción del derecho de voto a los 16 años, basando su argumentación en tres ejes: la participación democrática, los cambios demográficos y la coherencia entre derechos civiles y responsabilidades. Si los jóvenes participan cada vez más en la sociedad, si es necesario equilibrar la proporción entre votantes jóvenes y mayores y, sobre todo, si a los 16 años un joven puede emanciparse, trabajar, casarse o ser responsable penalmente… ¿por qué no va a poder tener derecho a decidir sobre el futuro político de su país?

Los principales argumentos esgrimidos en contra de esta rebaja de la edad de votación suelen basarse en las estadísticas y encuestas, en las que se observa que los jóvenes de entre 14 y 16 años no parecen tener interés en temas políticos. Sin embargo, si contrastamos los datos más reciente, encontramos que ese “bajo porcentaje” ha aumentado en los últimos años hasta el 41% de la población menor de 16*, mientras que el porcentaje de adultos interesados en la política es del 28%**. El interés por la política no parece ser, bajo estos datos, un argumento coherente para defender la no reducción de la edad del voto.

El foco puede cambiar entonces a uno de los temas menos objetivable: la preparación cognitiva. En cuestiones políticas, podríamos traducirlo como un conocimiento de los partidos políticos que están en escena, las ideas que apoyan y los programas electorales que presentan, además de las consecuencias que podría tener el que saliese elegido un partido u otro. A esto, debe añadirse el proceso de búsqueda y selección de aquel partido que entre en coherencia con las ideas que se tienen, para lo cual ha sido necesario informarse y reflexionar. Por supuesto, exijamos también en esta preparación cognitiva un espíritu crítico para no dejarse influenciar por determinadas ideas, además de un conocimiento de la realidad social imperante. Observando estos requisitos, ¿qué porcentaje de ciudadanos españoles con derecho a voto cumpliría con todos ellos?

Podemos concluir, quizá como pasa con la mayoría de las situaciones en las que nos preguntamos sobre la madurez o la preparación para realizar ciertas actividades, que no depende tanto de la fecha de nacimiento, sino del propio desarrollo y el contexto social en que se haya dado. Una persona de –por ejemplo- 45 años, que no haya tenido nunca ni interés ni educación política, puede estar mucho menos preparada para votar que un joven de 17 que participa activamente en los Consejos de Juventud que se organicen en su barrio. Puede que debamos centrarnos, ya no en la adecuación de la edad, sino en la educación política que se recibe, si queremos que los futuros ciudadanos se desarrollen con un interés y una formación política superior a la que existe hoy en día.

* Según el último estudio del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud

** Según las estadísticas de la ESE (Encuesta Social Europea)